Ausentes en los cielos

 

 

Midiendo la tristeza en océanos

y la naturaleza de las cosas en tiempo

sinónimo de alfares abandonados y de viento,

hasta colmarse la última gota del verso

que lo sostiene, viajando, siempre hacia adentro,

en un eterno y largo descubrimiento,

se llega a contemplar, más allá de los cielos,

el soplo de los besos queridos,

que sobre las olas saladas y bajo las aladas nubes

todos los que nunca llegamos a conocer nos dieron.

 

 

                             a Vicente, Asunción y Lorenzo

 

Ort

El fantasma del castillo

 

 

 

 

 

Mentira si dijera

que era una noche de lluvia,

que los rayos aguijonearan        

las corneas es posible

ya que el sol y la música

de sus destellos, blandían

la espada del ocaso

con inusitada furia

sobre los muros derruidos

de aquella fortaleza fecunda

de clavelillos y de sombras

agrietadas por las que manaba

la sangre dorada del horizonte.

 

Se levantaba el castillo

junto a una desdentada torre

gobernada por humildes nidos

en las orillas de los aires              

y resbalando por ella,

como picas colgadas

en una catarata de naipes,

en suaves espirales,

las rosas destilaban luz,

a través de sus cuerpos

escarlata cual cristales,

silenciosas, señalando

con sus espinas

los cuatro puntos cardinales.

 

Allí vagaba

lo que quedaba, lo que fue,

una sombra, por lo que se,

de un enamorado blanco

de veleras cabelleras

arrastrando las letras

como cadenas, a los pies

y que todos los días

cuando ardía el atardecer

se sacaba de sus bolsillos

tinta para que los pajarillos

heridos retomaran el vuelo

con alas arrugadas de papel

arrancado de las hojas

de los libros de los sueños

que guardaba para él.

 

Su barba negra, al sol

eran lirios amarillos

que lucía con orgullo

por los arcos quebrados

y los ruinosos pasillos

que hacían de puertos

para los lamentos

de los vientos

que con sus recuerdos

se mezclaban olvidados

y hacían sencillos versos

 

 

subía a la torre

sentía ser eco

callado y quieto

en el aire;

un beso,

vagaba por el tiempo

perdido y sin buscar

su sombra ni su cuerpo

su corazón huido,

ni su aliento.

 

Ellos se fueron

al cielo con su musa

y del recuerdo,

de su amor aquí

ya solo queda esto,

un castillo derruido

y un fantasma

empeñado en vivir

y hablarle a las amapolas

mientras lo devora el silencio.

 

Allí lo vi,

y mentiría si dijera

que no era yo aquel fantasma

fijando desde lejos

sus negras pupilas en mí,

y mentiría si dijera

que no empecé ya a morir,

ni que el olvido borrará

como la noche cuanto he hecho,

como un enorme bosque

absorbiendo un pequeño jardín,

 

abandonado,

en fin.

 

 

 

 

Ort 2018

Galope negro

 

Galopar hacia la muerte

desnudo hacia el silencio

mientras se vacía la mente

y en torrente expulsa de sí

uno a uno los recuerdos,

es la vida; un sinfín de ecos

futuros presentes y pasados

durmiéndose en el viento.

 

No acompañarán

los tristes violines

a los humanos

en los puertos

 

No llorarán

las frías estrellas

a los ojos

cerrados y ya quietos

 

No hablarán

de amores

callando

los esqueletos.

 

A nadie dirán

felices

entre los restos

de las flores

sus secretos

 

Solo una sonrisa muda

y dos pozos abiertos

mirarán con la ternura

lejana de los muertos.

 

Y entre sueños distantes

enfrentados como espejos

quizás oiga una voz

que susurrándole, a lo lejos,

le diga: ven, regresa a casa,

ha pasado tanto tiempo…

 

 

Ort 2018

A los Ausentes

La ciudad de los Muertos

 

La ciudad de los Muertos
(Ciclo egipcio  I)

 

 

Más allá

del valle eterno,

ventana al desierto,

donde la esfinge

asomada a los tiempos

llora solitaria,

como la última de su estirpe;

en el corazón de El Cairo

hay una ciudad

que llaman de los muertos,

un antiguo cementerio

donde los vivos hambrientos

comen encima de los huesos

su banquete de polvo

junto a los perros.

 

Conviven los pobres

con los esqueletos

que bajo la tierra tiritan

cuando desde lo alto

del minarete de la mezquita

llama el imán a la oración

y los hombres se descalzan

bajo la media luna marchita.

 

Hay fúnebres palacios de reyes

que gobernaron países, conquistados

por las más humildes familias,

hay un loco desconsolado

sucio, con la camisa partida,

con un pie descalzo

y en el otro una sandalia descosida,

lanza naipes al aire

mientras le habla al viento

con la mirada perdida.

Pasa ante mis ojos

como un fantasma

que hacia ningún lugar

y sin rumbo camina.

 

Y cuando la noche baja al mundo

y la arena recorre las calles,

en las puertas de las criptas,

los perros apaleados

y los hombres duermen,

enseñando las costillas.

 

Miro al cielo

y sobre las estrellas ausentes,

jamás afligidas,

veo volar una cometa

flotando entre la muerte,

navegando entre la pobreza;

y pienso en el niño

que la lleva,

y el mundo se hace algo menos triste,

y se hace algo menos pesada la tierra.

 

 

OrT
El Cairo.  2 de julio 2018

Ocaso Lunar

 

 

 

En una mota de polvo

navegan las estrellas

como nubes pasajeras

en un cielo sin fondo

 

Llora con un grito hondo

desde allí la terca luna

al mirarse en la laguna

oscura el blanco rostro

 

Sus ojos son redondos

sus manos sepulturas,

y en sus yermas llanuras

anegadas de escombros

 

caminan grises figuras

de los amores ausentes

con las miradas desnudas

cual fantasmales criaturas

habitando entre sus dientes

 

Cuantos corazones tristes

todos ellos penitentes!

 

Solitaria por sus salones

baja las largas escaleras

y caen lágrimas ligeras

golpeando los escalones

 

Reunidos en las alturas

descienden junto a su dama

que en sus pasos derrama

la flor de las sepulturas

 

Cantando en su lengua vieja

con voz sonámbula, dulce

sobre el aire quieto esculpe

la luna en las hojas secas

 

un aria de amor hacia la tierra

es entonces cuando los poetas

encuentran flotando el verso

más antiguo del universo

 

que su voz nostálgica encierra

mientras el coro de los grillos,

sinfónicos animalillos,

velan los sueños de la reina

 

de la noche

que a media luz soñando, vencida en sus tinieblas

se ha dejado las puertas del cielo eterno abiertas,

 

inundándose todo de estrellas.

 

 

 

 

ORT

A mi reina de la noche.

 

 

 

Una noche en el Valle de los Caidos

 

 

 

Una noche en el Valle de los Caidos

 

 

Por sus catacumbas

anda la fecunda muerte

y con el hedor marchito

de pesadilla que la envuelve,

a los soldados

de sus tumbas

hace revolverse.

Rechinan sus dientes

y sus ojos se iluminan

salpicando con un torrente

de luz oscura las penumbras

turbadas del valle

bajo la luna creciente.

 

Las estatuas gigantes

parecen moverse

ante la brisa fría

envueltas en brumas sombrías

que la guadaña lunar

siega lentamente,

entonces, penitentes

se oyen sonar, opacas,

como en un lejano sueño

para los vivos que duermen,

las campanas espectrales

de la abadía de la alta cruz,

como cañones ardientes

llamando de nuevo a la batalla

en un destino sin fin de muerte.

 

Aquí no hay paz.

unos a otros

se disparan atrozmente

con fusiles nebulosos

que aúllan como lobos

y que a los cuervos

enlutados enmudecen.

De nuevo el hermano

contra el hermano lucha

sin recordar porqué,

sin acordarse de su suerte.

 

Dos ejércitos consumidos

en lo profundo de la tierra

de uniformes vencidos

por el moho en una guerra,

enseñando sus colmillos

recogen sus estandartes caídos

y en la noche se enfrentan,

como animales enfurecidos,

de rostro desencajado e inerte.

De entre todos ellos, uno,

en el fango frio

del monte lívido

y sangriento se yergue

corre aterrado,

pavor siente,

por estar condenado

al tormento

de repetir aquella batalla eternamente.

 

Las balas espectrales

cegadas por un odio fantasmal y ausente

contra él se vuelven,

veloces le atraviesan una a una

desde su seco corazón hasta su frente

y anidando en la locura

más profunda y salvaje de su mente

como descarnadas palomas mensajeras

le explotan en el alma y le hacen retorcerse.

 

Claman sus oídos silencio y clemencia

sus ojos cerrarse quieren

pero miran hacia el monte que sostiene

la gran cruz forjada por los llantos

de las viudas y las madres muertas

que le susurran, que con sus hijos

a por él vienen, solamente

 

Se arrodilla,

truena el cielo y las nubes

estallan fusilando la tierra,

preñada de dolor por la lluvia

que sobre el valle se vierte

se detona allá en las alturas

un relámpago sangriento,

en lo alto la alcanza,

y bajo él, la gran cruz se derrumba

y cae en medio millón de pedazos,

y en medio millón de serpientes

secas y negras se convierte.

 

Se acercan, sus lenguas

portan las matanzas, la sinrazón,

toda la crueldad de la guerra

y toda la crueldad del silencio

que tiñe de gris los campos verdes.

Despavorido, huye, se interna

para que no lo encuentren

en el páramo más oscuro

de la cripta donde se encierra

su uniforme seco y raído

con sus galones podridos

y su cuerpo arrugado e inerte.

 

Se encoge en el ataúd,

cierra la puerta y espera,

el silencio que viene,

es más terrorífico

que los aullidos

del mundo todas las fieras,

oye como todos los espectros

de los soldados llegan

seguidos de las sierpes

que a devorarle esperan.

 

Una luz cegadora entra,

la tapa vuela,

le agarran,

le sacan, le desgarran

y en un infinito grito helado

se consume su condena….

 

A la noche siguiente volverán

todos juntos a por su calavera

porque ya ha amanecido

Y ahora Lucifer le espera…

 

 

Ort

El imperio de la amapola

 

 

El amor no es una rosa

que pierde los pétalos lentamente

ni un beso suave, ni un ave

hacia lo profundo, es un segundo

eterno que muerde al presente

dejándose en la empresa los dientes.

una tormenta de aguardiente,

el imperio de la amapola

que su rojo carmesí vierte

dentro de las caracolas

que olvidaron las olas

para que sonoras se abran

como flores, y despierten.

 

Es todo lo que quiera ser

porque lo será todo siempre

el amanecer en un punto

mientras en otro la muerte.

 

El amor es…

es… es mi mirada furtiva

como el aire caliente

del corazón de la hoguera

que vuela hacia tus pupilas

de un soplo, lentamente,

abiertas como lunas

ante soles incandescentes,

 

brillantes

inmensas

crecientes.

 

El amor es el imperio

de las amapolas irredentas

conquistando los trigales verdes.

 

 

Ort 2017

A mis treinta

 

 

 

Nací a las puertas de la primavera

con un invierno infinito en mi corazón

esperando a que la luna partiera

las nubes oscuras como un galeón,

y con su espolón, como una relojera

de luz, en hora las amapolas pusiera,

 

Convirtiendo el negro en rojo,

esparciendo mi alma como avena

en la piel de los campos de la tierra.

 

Crecí bajo las carrascas y los mares

que gritando libertad susurraban miserias.

Te besé entre espumosos manantiales

que no pararían si la muerte lo impidiera,

y en el más allá solo polvo seré

solo polvo quizás, pero sin pena.

 

Que bien valen una vida tus ojos

marrones, que me llaman

como llaman a los marineros las sirenas.

 

Bien valen una vida entera

para soñarlos después dormido

durante toda la noche eterna.

 

 

Ort

Fábula del Sueño la Fantasía y la Muerte

 

                                       A la Gran Literata y mejór amiga,

                                       Dulcinea de los almendros de la Mancha

 

 

La Fantasía va vestida de jinete,
la Muerte vuela rozando las flores
y el Sueño niño en sus amores
anda distraído,
pintándole besos a los labios viejos
de los troncos de los árboles.

 

La primera se desnuda,
la otra se estremece,
el Sueño en sus manos blancas
una herida abierta tiene,
ha ido a tocar su ombligo de luna
y no ha querido la muerte.

 

Al dejar caer su camisa
ha despertado a todo el bosque
la Fantasía que cabalga
con sus cabellos de espigas verdes
meciéndose como las hojas en el aire
por donde pasa un arroyo respira,
una nube enorme crece
y ahora es el bosque entero
el que sacude con su canto
al cuervo negro, sombra negra
de la negra muerte.

 

Pájaros y margaritas se vierten
de la herida del Sueño niño
que no deja de mirar el ombligo
de la Fantasía, que ahora es una fuente
de deseos, parecen arder las estrellas!
y sus cabellos… sus cabellos,
en esta mañana de acuarela silvestre.

 

De sus pies hasta su frente
coronada por la fina melena
nebulosa más allá de las auroras
terrestres, el niño Sueño quiere tocar
sus cabellos como las nubes de Júpiter
que sobre sus hombros se rizan
y acariciándolos se duermen,
las pequeñas luces de luna
de su espalda y con sus labios
abrazarse a su boca para siempre

 

Quiere ser un niño!
enamorado eternamente!

 

el Sueño, de la Fantasía,
sin la muerte.

 

 

 

           Ort  04-015

Preguntó

 

 

 

 

Preguntó a su alma sobre el Presente.

Ella le respondió,  mientras extendía su mano

sobre un libro de bellos poemas…

-¿Felicidad?

Cualquier tiempo pasado, fue mejor…

 

Preguntó a sus sueños sobre la Felicidad,

ellos le respondieron…

-Las sonrisas, la felicidad,

siempre las encontrarás

en aquellos, los buenos momentos.

 

Preguntó a su corazón sobre el Amor…

y su corazón enmudeció. Sus ojos lo miraron.

No respondió. Su mirada se hizo escarcha.

Estaba en lo más profundo de su ser ajado.

Solamente asintió, y llorando con él,

la tristeza mordió su carne.

 

Pues la esperanza le fue robada

tampoco su felicidad fue perdonada,

mientras en sollozos su corazón le decía…

– El amor para mí

fue ver aquel deseado sol humilde,

que un día, entre penas y alegrías vi nacer

sobre un atardecer, pálido,

y profundamente gris,

entre quimeras, realidades y nostalgias gritar y morir…

 

Sobre la tarde, y en aras de un sueño

fue a buscar a un Atardecer

para y por el Sol preguntar.

Él le respondió con ternura

mientras lo miraba…

– Tarde o temprano morirás como él,

y como yo.

Tu sonrisa se apagará

y tu alma, desde los cielos

a una vida pasada deshaciéndose amará…

 

Después preguntó a la Muerte

sobre ella, su ternura y su mirada.

Le respondió,

mientras alzaba su voz al horizonte…

-No mueras por ella, ya que

ella nunca moriría…  ¡Jamás morirá

algún día por ti!

 

Y nada más añadió.

 

Buscó a las Nubes, negras, crueles…

para preguntarle sobre sus eternos llantos.

y ellas, fijas sus miradas a la tierra,

a la que con su manto de lluvia espoleaban

le respondieron…

-No llores por ella

pues ella… nunca llorará,

ni lloraría jamás… ¿Por ti?.

 

Y siguieron bañando el horizonte,

afilando punzones de hielo

en las alturas, diosas de la tormenta.

 

Fue a buscar a la Noche

que sostenia la luna entre sus manos

para preguntarle sobre la oscura soledad.

Su alma era ya una condenada,

presa del dolor en una cárcel triste,

estaba tan cansada…

Ella le respondió;

– Ten esperanza, pues aun en mis tinieblas

la luz del sol que esquiva ahora tu mirada

en la luna de mi pecho siempre se refleja,

brota verde y negra y es candela,

es el calor… de mi morada.

 

Y tras bastante errar

para una respuesta encontrar

fue a preguntar, sobre el Amor a la Verdad…

Y ella,

dolida,

y desconsolada

Pero a la vez tranquila y sosegada

Sonriendo triste respondió…

 

Todo es mentira en este mundo.

Manuel,

Todo es mentira, la verdad.

 

Nada más ella añadió,

Nada más pregunté yo.

 

 

 

Una vez hice un viaje largo. Una de esas veces en que nos agarra la nostalgia, y en busca de una verdad, en el océano de nuestros recuerdos nos sumerge. Estas palabras son hijas de aquel momento y esclavas de su sentir.

Ahora con los años vuelvo a leer estos versos y una sonrisa brota del fondo de mi alma… entre tanta oscuridad allí estaba. Bajo esas rotas y doloridas palabras había un rayito de luz de luna, reflejo de que aun – y siempre- cabía la esperanza.

Ahora, pasados los años, me doy cuenta de que fue aquel tenue rayo de luz y aquella esperanza rebelde y amotinada la que me salvó… de un mundo a veces cruel y sobre todo de mí mismo.

 

 

Ort.