Nana de Luna tierna

 

 

Algo acaba cuando algo empieza.

y cuando un sueño acaba con un sueño,

alguien en su olvido se despereza

en su lecho de flores onduladas

y doradas por el alma de la tristeza.

Y quien sabe si la vida es sueño

o es el sueño la vida cuando despierta.

Y quien sabe si los ojos que se cierran

y las manos que se abren, a la luna, lentas,

el brillo áspero del sol encierran.

Porque mi alma sabe de sus montañas

áridas, secas y desiertas

donde quedó tantas veces medio muerta,

pero algo escuchó también de la belleza,

pues se tumbaba en las cosechas

de trigo donde brillaban las estrellas

para oírlas hablar y hablar,

que son de las musas las sirvientas,

bandadas de pájaros en el cielo,

puñados de hojas silvestres

arrojadas a un universo, y quietas.

 

Rocío de la esperanza

que salpica las alturas mientras

empujadas por los vientos,

hilan con luz las alas abiertas

del náufrago, que ya en tierra,

ha expulsado el océano y despierta.

 

Por eso yo sé,

que es tierna,

¡Tierna! tierna…

la luz de los labios,

que me han salvado,

esa luz,

es ya para mi eterna

 

Son sus lunares,

esos astros

¡son luciérnagas!

 

Perlas

de alabastro

negras,

arrojando

luz,

a las tinieblas.

 

 

OrT.

 

El Coronel Triste

 

 

 

Quizás no tuvo buenas noches,

solamente noches,

mirando el universo,

por la flor de una cerradura.

 

Una habitación vacía,

hay un cajón abierto,

lleno de oscuras soledades,

allí duerme y juega.

 

solo, sin nadie,

sin amigos,

su único conocido,

el tiempo peregrino.

 

Vestido de alegre coronel

el pequeño niño esta triste,

empuña sables de cristal

contra las hojas del otoño

 

que su alma llena.

 

Una tormenta su mente

inventa, y solo su voz,

arrastrada por el aire yerra,

se golpea en las paredes

 

y vagabundea por la tierra.

 

Su imaginación;

un misterio, una vela,

que el aire vuela

como en un incendio

de silencio

y se mezcla

con las lágrimas

que sin querer

caen como una lluvia

en primavera

sin que nadie le cante

sin que nadie la vea.

 

Solo en su cuarto

nadie le observa,

su suave sonrisa

desciende mal pintada

 

como hiel tierna

y cae en compañía

de las ventanas frías

de cristal de piedra

 

vagas y difusas

que no le dejan ver

tras ellas un jardín de flores

bellas naciendo entre la hierba,

 

y más allá las arboledas

moviéndose al viento,

se ríen inalcanzables,

de su pena.

 

Ay, pequeño coronel triste

 

que batalla y se pelea

a tajos en lances terribles

contra enemigos invisibles

y ejércitos de niebla.

 

El mundo no le espera,

siempre en su cuarto,

tiene con llave,

lacrada la puerta

 

y las nubes, a fuera,

 

se deshacen y se crean

rápidamente sobre el cielo

mientras él juega

solo, y triste, a veces al amor

 

y a veces a la guerra,

 

y cuando la noche

da paso al día del mundo

y una y otra vez

este se le niega,

encerrado tras las paredes

de su celda

 

a veces se ahoga

en su llanto y observa

por la flor de la cerradura

los pétalos de las estrellas

 

y se duerme, cansado

junto a su cancela

mientras pasan las horas

una a una, eternas,

 

solas.

 

Pobre coronel triste!

tan grande es tu pena,

como la sombra del hombre,

sobre un campo de rosas

aterradas y quietas

 

que ven venir las manos,

cual cipreses negros,

del verdugo

para oscurecer su belleza,

 

pequeño coronel triste

marchitando la tierra

con la que sueñas.

 

Dime, que ves

al mirar el universo,

por la flor de la cerradura de una puerta.

 

 

 

Ort. 2018

Al Cantar el gallo

 

 

Por la noche somos muertos

quemados por las estrellas

y por el día somos restos

de sueños

arrojados a las escombreras

 

Veleros de mástiles tuertos

que fondean en desiertos

oceánicos donde los ecos

mecánicos de los huesos

mueven los duros remos

con titánicos esfuerzos.

 

Extintos cometas fugaces

apagados por negras nubes

almas levantadas al gallo

para morir en las cumbres

donde sueños de extraños

son cadenas de herrumbres,

que sepultando los años,

de sombras quiebran,

nuestras luces.

 

 

 

Ort.

Cinco poemas del libro Torres de La Mancha

               Que me escuchen

 

Que se apaguen los clarines

¡Que me escuchen!

Vientos, aires, flores.

¡Que me escuchen labradores!

Cielos claros como manantiales,

que tiñan de rojo amaneceres

¡Y como el mar pinta barquitos

en los ojos, cuelguen claveles!

 

Los jardines de las nubes

¡Que me escuchen!

y florezcan de violetas

¡Que me giren las veletas!

Guiándome de oriente hasta occidente

¡Que ya viene a segarte

el dios de poniente, cargando

en sus hombros, la bóveda celeste!

 

Pueblo llano y claro, ábrete.

¡Escucha mi corazón clamar!

Desde las montañas a los valles

¡Escucha a mi alma llamarte!

Que ya vienen los hombres

a robar tu aliento adolescente.

Las flores que derraman los amores

vienen a llevarse, ¡Tu corazón caliente!

 

Que ya vienen, que ya se sienten

¡Escúchalos juntos gritar!

Al son del cielo que sale y se esconde,

¡Al son del mar hecho cielo, que se rompe!

Y sobre tus pies augusto se muere

escúchalos llorar, reír, esperar…

Escúchanos juntos al alba soñar,

y míranos pacientes, caminar y caminar…

 

 

 

               El árbol y la Noche

 

Llora, la noche llora,

y el aire se levanta.

Se mueren las estrellas,

en los labios del alba.

 

La luna de nata clava,

envuelta en nebulosas

negras alas celestes,

a las altas esferas blancas.

Aguijoneada carne el cielo,

de luto y luz por los astros

viejos de las colmenas.

Partida y melancólica

el alma de la tierra;

por el árbol que se muere.

Por las hojas que le lloran.

 

Grita el viento, grita

y las campanas doblan.

en sus copas de hielo gira,

las ramas con plata adornan.

 

Un árbol solitario

derrama soñando

otoñales bostezos

y en su vigilia los lamentos

se esparcen silenciosos, 

quietos.

Plata en sus sueños,

y en sus ramas veleros

navegando morenos,

de sus manos al cielo.

Oro en sus ramas, oro.

Las hojas ya cantan

disfrazando a los luceros.

 

Grita el viento, grita

y las campanas doblan.

En sus copas de hielo gira,

las ramas con plata adornan.

 

Llora, la noche llora

y el aire se levanta.

Se mueren las estrellas

en los labios del alba

 

 

 

              Tierra en primavera

 

Cuando te vea, vestida de verde

mi piano levemente mecerá

a la marea de la tarde clara,

mecerá las estepas,

y su alma en aras.

y nacerá todo cuanto la tierra emana.

 

Cuando te canses de los yugos

y vuelvas a bailar la noche entera,

cuando la luna sea el sol

y con él, tu sonrisa las estrellas.

 

¡Sí! ¡Cuando brillen las estrellas,

y me eleves contigo a ellas!

Que ya volverás a ser morena

en otoño, entre las eras.

 

Cuando vuelvan los amigos

y renazcan los amores.

¡Cuando resurja el pueblo vivo,

de la Mancha, de los labradores!

 

 

 

               Torres de La Mancha

 

Tres torres soñolientas

alzadas sobre el horizonte,

señoras de un castillo

que contemplan la eternidad.

Observando mil soles

que desbordan los amaneceres,

llorando

junto a un millón de corazones,

que por su Mancha caminan,

que por tu Mancha sueñan.

 

Tres Torres,

como tres caballos desbocados

blancos como la luna

que a la noche sus tristezas cantan

soñando, por los campos

de trigo, sangre y vid.

Perdidos como lagrimas del cielo

por los nostálgicos caminos

donde anduvieron pastores

guiando las ilusiones 

de un pueblo que calla sediento,

y gime olvidado.

 

Mancha de carrascas

de pinos y de almendros

donde florecen atardeceres

más que solitarios, eternos.

Donde los horizontes

nacen en la tierra

y expiran más allá de los sueños,

donde las estrellas vuelan y navegan

hacia los campos, que se hunden

en el fondo del universo.

 

Mancha humilde

Mancha linda y hermosa

de verdes primaveras

y largos letargos del otoño

Mancha donde mi corazón nació

Mancha de niebla y bruma

Mancha muerta,

y tan solitaria.

 

No son sus oficinas,

ni sus ciudades, ni sus carreteras,

Son sus pueblos olvidados,

y sus calles polvorientas.

 

Es el silencio de sus iglesias

con sus campanarios

mudos y atormentados.

son sus campos de tristeza

es su alma olvidada y muerta.

 

Son sus caminos encendidos

de lágrimas y amapolas.

Son sus raíces perdidas

en los cementerios como rosas dormidas.

 

Son sus viejas casas vacías

son sus batallas perdidas

Que aun así vencen al tiempo,

todavía sobre mi corazón.

 

¡Hay, corazón de la España silenciosa!

del pensamiento callado y recogido.

Por tus campos olvidados

cabalga la melancolía,

por tus pinares abandonados,

envueltos en jirones de niebla,

sueña mi alegría.

 

Sobre el Guadiana, y el Júcar,

Pueblo del sol tierra mía,

tu por siempre

su nombre arrastrarás.

 

¡Tan finita es la mente,

tan universal es mi Mancha!

Que mis ojos a los suyos

a mirar todo no alcanzan…

 

 

               Epilogo

 

Tres torres que son molinos

guardando el trigo de muerte herido

tres torres, que son segadores dormidos

soñando a su tierra, entre el grano molido.

 

¡Yo me voy con ellos, es mi destino,

dormir entre sus campos verdes y amarillos!

 

 

OrT   2009

 

Vigo

Sin título (2)

             Vigo

 

                                         A mi Luisete

 

                    I

          La ciudad

 

Pechos de monstruos con cien ojos vacíos.

con su piel llena de caracoles negros

lamiendo sus ombligos, son las fachadas

o las iglesias o las casas o los astilleros.

 

Panteones todos poblados por helechos.

 

Gigantes ejércitos de cientos de lenguas verdes

se trenzan al descolgarse de las vacías fauces

del granito viejo que huele a olvido

con su fantasma en todas las esquinas

 

de ti Vigo, osario y ciudad,  

 

con tu historia muerta repartida

como esqueletos de pétalos grises por las calles

como nubes enormes mordidas

eternamente por el crepúsculo.

 

Te late una mirada profunda de pescador, añeja.

y una sonrisa de flores silvestres, perezosas a la lluvia,

desnudas siempre al sol, mirándose en el espejo azul

rosáceo de la Ría enamorada.

 

Explota el firmamento en cientos de cientos

de cientos de mariposas rojas

volando por caminos de sucio asfalto

que desembocan en las manos extendidas

de los árboles y de las vivas hojas.

 

a un lado el latido del bosque espeso.

al otro el rumor del atlántico con su garganta abierta

y mezclada tú, como una gaviota

de una punta a otra. Oscura.

 

sobre un yunque de angosta natura.

abandonada y bella,

como un lunes de luna.

 

 

 

                    II

            Los cafés

 

Se elevan palomas de palabras en los cafés

mientras una corte de destrozadas fachadas

abraza las conversaciones con sus balcones muertos

donde han florecido las margaritas salvajes y los gatos viejos

 

          -asciende el aliento

               del café caliente-

 

Los mendigos piden

Los policías patrullan

y las gentes beben.

las gaviotas vigilan arpías

y mis ojos tiemblan

al percibir la melancolía

que late

fundida en un lamento susurrante

estremeciendo mis pupilas

con sus aguaceros

crepusculares de sangre.

 

El cortejo fúnebre de una boda irrumpe

en esta plaza oscura parida

con bloques de rocas antes grises

conquistadas ahora por la negra vida

diminuta y dolida con sus demandas

y su pliego de reclamaciones a los hombres

 

Se afila el ocaso de poniente sobre los rosales

naturales y el insulto del hombre a su sueño

partido por las voces de cuatro borrachos que van

buscando su eco entre vasos de orujo vacíos y rotos,

hechos millones de lágrimas de pequeños cristales.

 

La tarde

fluye

en una danza

que jamás acaba

que no se termina ni interrumpe

calada en la trágica mirada

de los bloques esqueléticos

donde las gentes

dan a luz cafés

para intentar curar

con la sonrisa profana

de la vida,

la mueca macabra

de la muerte.

 

 

 

                          III

   Transatlántico en el puerto

 

La gran chimenea de la cáscara de bellota

que se clava en el pecho del atlántico

atrona la ría y el puerto. Quebrada

su voz, ronca y cargada de negro humo

cabalga sobre el lomo del eco

 

por los astilleros sangrantes y los faros sin fareros,

por los firmamentos azules y los suspiros de los marineros.

suena otra vez, vuelve a sonar

Ya su sombra sobre el mar es un espectro

 

Una pesada pluma desprendida del sueño del hombre

hecha de acero, que hace bostezar los labios del océano

enviando correos a las playas y en las olas recuerdos

 

se despide,

suena una última vez,

a lo lejos.

 

 

Ort. 015