Montseny

El fantasma del ejército del Ebro

que aun anida en los páramos de España

anda alzando, proclamando tu nombre

como la bala de un fusil furiosa

como las alas de un ave ansiosa

que busca resurgir de entre la tierra

como flores en la primavera lluviosa

¡revolucionaria! ¡enorme! ¡preciosa!

¡Que levanten el pueblo de voz opresa

y las mujeres de cabelleras valerosas

tu legado con la fuerza sonora! poderosa!

De las cadenas que se rompen y en arena

se derraman en las manos de las obreras

que con la lucha resisten victoriosas!

Tú que empuñaste las ansias de las madres,

de las irredentas, las hambrientas, las hastiadas!

tú que te alzaste y al cielo gritaste: ¡Universo!

cuando los verdugos decían: ¡Alambradas!

Tú que fuiste una de un todo que vibró

con la fuerza de una lucha que nunca acaba

enarbolando eterna la bandera revolucionaria

y abriendo camino, arrancando la oscuridad

de los ojos de todo un pueblo que callaba

Montseny irredenta! libertaria!

jamás caerán en el olvido tu voz! tus palabras!

y así los fantasmas tornados en cuerpos

reales de los ideales de las almas

de todos los que por la libertad luchan

por la libertad sueñan

y la libertad aman

llevarán tu nombre prendido en el corazón

con un nudo ardiente de esperanza

Porque el pueblo por entero no te olvida

Montseny, hija irredenta de las madres

que con orgullo cada día se levantan!

diciendo, gritando de una vez,

en una sola voz:

BASTA!

 

 

Ort

Un observatorio abandonado

 

 

Allí, un observatorio abandonado

en la cima de la montaña más alta

con su cúpula girada por el olvido,

veleta quieta del sueño perdido

del hombre que dejó de mirar

a los cielos agujereados y ardientes

para arrastrarse perdido

ante la amargura de su suerte.

 

En ese espacio de ladrillos hundidos

en el suelo en deshojados remolinos,

fantasmas astronómicos abatidos

la triste música del eco silban

al viento como ángeles caídos

un llanto de abandono miserable

por sus rincones sin vida, vacíos

como esqueléticos ladridos

de lobos de boca quieta y seca

proyectada al infinito,

sobre el rumor de la nada

mientras pasa la luna blanca

sin nadie que la mire

sin nadie que le escriba,

porque ya nadie le canta.

Ella pasa,

rozando la cúpula abierta y ajada

de la burbuja de hierro

corrompida por la lluvia y el frio

ahora invernadero de las plantas

que hacia su herida escalan

buscando la luz

que a la humanidad le falta,

sin nadie que la advierta,

solamente los grillos,

los caminos de astros

y las luciérnagas.

 

¿Dónde está la quimera

que alimentó la voz

del saber y su esperanza?

Donde los ojos del hombre…

Aquí solo retumba un eco,

un eco,

su voz, lejos,

se ha perdido,

presa de las cadenas

impuestas a sus pupilas

que han de doblar las rodillas

al destino ingrato

del ser esclavo de sus huellas,

aquí, en la tierra,

siendo hijas

de las estrellas.

 

Duerme el observatorio

en una pesadilla de silencio

con sus telescópicos nidos

entre el rojizo metal roído

mirando al firmamento

en su sepulcro de olvido.

 

 

Ort  2017.

La luna más negra

Hipatia-de-Charles-William-Mitchell-1885

 

Desde su frio balcón, la Luna,

que mecía en su arqueada cuna,

ahogada en sangre, los astros,

callada, sobre una negra laguna,

se quedó triste, en la penumbra

cubriendo su piel con alabastro.

Lloraba seca sin lágrima alguna

aquella noche de luto infausto

en la que se veló con la bruma

por no ver en la tierra el rastro,

la sangre pura tornada oscura,

derramada sobre los peldaños

de un templo que fue de sabios

de verdugos ahora, de fanáticos

donde un cuerpo muerto yacía

entre los papiros calcinados

 

Arrojado sobre el viejo mármol

seco como un arroyo, un llanto        

se esparcía pesado como el oro.

Unos ojos preñados de espanto

vueltos, desbocados, blancos

anegados sobre un rojizo charco

miraban, quietos el cielo negro

con el que soñaron tiempo largo.

El viento corría entre los pasillos

abandonados y todos los luceros

por no querer contemplarlos,

invocando al aire se apagaron.

 

Aquella filósofa, astrónoma de luz

de constelaciones brillantes

que se dedicó a amar enseñando

las esferas errantes del espacio,

Aquella por quien iban a Egipto

viajando por el mundo los sabios,

última antorcha del saber clásico

último reducto de la luz milenaria

que tantos pensadores fraguaron,

fue asesinada en uno de los días

para la raza humana más aciagos

Entre vejaciones insultos y palos

por una ciudad cobarde la llevaron

callada, quieta que veía, que sentía,

como algo dentro de sí moría

y en las ruinas ya olvidadas

de la biblioteca de Alejandría,

Santuario del saber, que es la luz,

y que en la oscuridad sucumbiría

sin ninguna piedad la desnudaron,

y con grandes conchas marinas

atrozmente la descarnaron, viva,

mientras el cielo se desplomaba llorando

y la razón y la luz desaparecían.

 

Aquella turba que emanaba odio

y saña era comandada por Cirilo,

implacable obispo que condenaba

todo cuanto desconocía y negaba

fanático que jamás permitiría

que una mujer, y menos pagana,

se elevara sobre los misterios

y quisiera comprender la noche

el alba, que fuera libre y que volara

sin yugo y sin cadenas que la ataran

al terrenal mundo que él tutelaba

pero el eterno cielo está reservado

para los que saben mirar alto

para los que han de soñar los astros

y cuanto se perdió con ella…

cuanto…

He aquí la condición humana,

a ella la devoró el olvido

mientras que al otro lo hicieron Santo

y hoy su legado está perdido

en las entrañas oscuras del pasado.

 

Y así la luna, hincada de rodillas

sobre el cielo llorando

entonaba una nana de quebranto

intentando dormir a las estrellas

huérfanas, deshaciéndose del blanco

y enlutando su brillante manto

mientras de la tierra se iba alejando

llena de vergüenza,

sosteniendo a Hipatia muerta

entre sus tiernos brazos.

 

Callada, sobre una negra laguna,

se quedaba triste, en la penumbra

cubriendo su piel con alabastro.

 

 

                                                    Ort

Otoño

 

 

Otoño de iris marrones

que aprietan las blancas nieves

del invierno de unos ojos.

Ríos casi secos de la tierra

por donde bajan barcos rotos

de hojas caídas y labios rojos

que sueñan patrias verdes

donde los arboles perennes

vistan de color sus troncos.

 

Otoño frágil en los campos

donde las flores enamoradas

con sus vestidos preciosos

buscan desnudarse alegres

en los jardines de los rostros

para deshojarse y arder

en la lumbre apasionada

del sueño de los besos silenciosos.

 

Otoño que el grano recolecta

como un jornalero laborioso

y los cuerpos proyecta

hacia un cielo nebuloso.

Otoño blanco y hermoso

que los pájaros entonan

a coro en vuelo misterioso

 

Otoño lindo de olores,

de sabores deliciosos,

de sabanas deshechas

y de días lluviosos

de almohadas sedientas

aladas! despiertas!

bajo cabellos espumosos.

 

                                     Ort

 

      “El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor.”

                                                                                             Camus

 

Hasta el Infierno

 

 

Y ahora que resurjo

de esta ardiente selva

que se pierde en los abismos

devorados por las llamas

de los pájaros caídos.

 

Ahora que he abierto los ojos,

al igual que las calaveras

cuando pierden su venda de carne

y miran realmente

a la eternidad que es el presente,

cuando el pasado y el futuro

se pierden en la mentira profunda

de los sueños que no saben ver el hoy,

el aquí, y el ahora.

 

Ahora, voy hacia abajo,

hacia debajo de los lodos

donde crecen los edificios del deseo,

hacia arriba donde se derrumban

los castillos de sangre de la fe

la esperanza y la ilusión.

Mucho más arriba

de donde se desgarran las estrellas,

que explotan en el universo

al igual que los dientes de león

al viento que fluye sobre la tierra.

 

Necesito ir tan arriba

para dejar atrás la cólera de la mentira

y la rabia de los sueños,

que al igual que un halcón helado

allá donde se congelan las nubes

y que cae cristalizado

por amor hipnótico a la luna,

derribar mi vuelo y caer en picado

con la desesperación y la certeza

de que no me acogerán las nubes blandas

al descender sino la tierra arenisca

de las lombrices al estrellarme

contra el reino de las madrigueras

y la sangre fría de los cazadores.

 

Hay que conocer el cielo

para descender hacia los infiernos,

sentir la fuerza del firmamento

para comprender la ferocidad

de los abismos calientes de la tierra;

donde la lava de un abisal volcán

se hincha de sentimientos,

en una caldera de ecos y fracasos

hasta que imposible de sostener

más su peso, la lengua del alma

revienta en fuego de sangre y lágrimas,

esparciéndose en los campos verdes

de un mundo donde antes florecían

enormes margaritas y gigantes mariposas.

 

Hay que construir una ciudad

profundamente hermosa

para sentir como se convierte

en una ceniza pétrea

pompeyana, quieta, dolorosa,

desmoronándose ante el tiempo,

que, como un reloj de penas,

resta los minutos de la vida.

Que lo demás es muerte y silencio,

ecos en los acantilados

y manos que nunca se tocan.

 

Hay que construir un amor

que se parezca al cielo

para sentirlo arder en el infierno,

como una hoguera, que pequeña,

acaba desbocándose

hasta hacer arder a todo el bosque

y en ese incendio, ver

como se consumen los gorriones

hambrientos, las águilas acechantes,

los lobos esclavos, los ciervos

con sus astas prendidas como antorchas

despavoridas huyendo ante el cielo rojizo

en que se ha convertido el infierno de la noche,

y donde las llamas llegan a calentar

hasta la punta del filo de los astros,

ese infierno, ese incendio, que,

como un corazón comienza a susurrar

despacio,

y acaba latiendo acelerado hasta quebrarse,

anunciando al cuerpo la muerte

con el ultimo

redoble

de vida. 

 

Es en ese infierno,

en ese incendio,

en esa pena abrasadora

donde la verdad con el amor

y su mentira, y la soledad

con su liberación y su sonrisa

satírica, altiva,

se abren como un eclipse

ante la vida en forma de honda herida

oscura que emana sombras en los lechos

descuidados y en las sabanas vacías.

 

Es el cielo a veces un descenso

a los infiernos de la esperanza

donde se acaba destruyendo

la quimera irreal del futuro

y el ensueño ausente del pasado,

donde la existencia te demuestra

que el presente es lo único

que tenemos, que agarran nuestras manos,

lo demás siempre será un espejismo

un oasis bastardo

pues el incendio de la vida se va apagando

con la lluvia de la muerte

que todo lo va anegando

hasta formar un negro y basto lago

lleno de fantasmas sin memoria

que se pasan toda la eternidad vagando.

 

y aunque yo

sea un halcón enamorado,

y desde este infierno salga volando

de nuevo alto, muy alto

en osado aleteo hacia la luna,

para caer de nuevo congelado

 

tal vez ella,

tal vez,

me acoja en sus labios rosados

y busque para mí

en una bandada

de peregrinos pájaros liberados

unas alas que limpien

la ceniza de mis llantos.

 

Única flor viva, verde,

que el destino ardiente,

calcinar no ha logrado.

 

 

                                 Ort