Por los que vienen

 

Por los que estuvieron

por los que están

por los que vienen

y los que llegarán

a esta tierra triste

que de amanecer al nacer se viste

y con el atardecer cadáver se va.

 

Todos,

que no falte ni uno solo

de los que vendrán

sin un te quiero,

ni el amor se quede

sin el atrevimiento

de la candela viva

cuando le sopla el viento.      

Que oscura la desdicha                                 

se vuelva caliente aliento

celebrando la ausencia

de la vergüenza

de las costas y las verjas

donde se abre la carne

y se siembra el sufrimiento

de los ahogados desnudos

con los ojos abiertos.

 

Aquí está mi patria                            

que es toda vuestra,

que errantes somos

Todos.

Hijos,

nietos

de emigrantes eternos

de las eras viejas

de los lejanos ecos

que narran imperios

caídos y pirámides

roídas de viejos pueblos

que derribó el tiempo

dejando  el esqueleto

empeñado en gritar

desde su sepulcro de silencio,

que de allí la vida invencible

derrotada se tuvo que arrancar.

 

Así nos devorará el olvido

como devora a una hiena un caimán.

Que no hay nada eterno.

Abrid las puertas

y que comience la vida a respirar.

Mañana serás tú, quizás,

el que tenga que partir

y el que tenga que llorar

quien sabe donde

en que patria o lugar

perdido en tierra extraña

bañado por qué lejano mar

 

Siendo todo lo que des

lo único que recibirás.

 

             Ort. 2016.

Viento y solo viento

 

Viento y solo viento

en el cerro confuso de las ánimas

entre abrojos tupidos penitentes

de niebla en niebla arrinconadas

por el viento. Y solo el viento

en el mar de lanas de las sábanas

entre el silencio inmenso de las puertas

que miran con frenesí de nieve, abiertas

como venas el blanco triste de la tierra

 

Mira las bocas cayendo congeladas

arrastradas por el viento,

viento y únicamente viento

con su susurro que es chillido

clavado delirante a su lengua

arrastrando en una mueca su vestido

de flores marrones y hojas secas.

el espíritu del viento

que no soporta ni las gotas

de la lluvia suave

ni las lágrimas de los ojos

ni el peso de los cuerpos

viento de olvido y viento ajeno

indiferente al tiempo

a la soledad

a los bosques y al desierto,

solo lo mece

a capricho una rosa y un lucero

y al timón de sus nubes,

en un océano azul eterno,

ciego los sueños anda persiguiendo.

 

                  Ort 2016.

Robles

 

 

Voy caminando.

Compostela amanece enriquecida

de aire fugitivo de las montañas

feliz a su manera, verde y gris

entrometida entre la niebla rígida,

como un muro que de súbito

hace caer la lluvia sobre la vida

con su lengua de rocío sobre la tierra

patria de flores gorriones y saliva

que alcanza a encontrar el cielo,

hasta acabar en los paraguas

de caminantes que miran al suelo

y llevan su felicidad escondida.

 

Miren que yo,

no acostumbrado al aguacero

sino más bien a un sol señor y dueño

acechando a la única sombra

de un pino, bajo infinitos viñedos,

escribo sobre esta patria

y no lo hago mezclando mis anhelos

que allí quedaron otros sueños.

Pero escuchen que, sin consuelo

veo una Galicia llorando a sus robles,

que antes, rica, tenía cientos y cientos

y que lápidas de eucaliptos enormes

han acabado siendo,

y ahí,

es entonces cuando yo me acuerdo

del nombre de mi patria chica,

y su escudo con tres fantasmas

alzándose perdidos en el tiempo

que son el recuerdo de un bosque

del que huyeron hasta los esqueletos.

 

Es curioso por donde fluye la mente

y como enlaza los pensamientos

mientras se camina hacia un destino

en mi caso, entre enormes monumentos,

bajo mojadas calles y algunos robles viejos

que pueblan Santiago junto a otros nuevos,

y que haciendo volar mis sentimientos

hacia ti, Villarrobledo, me hacen escribirte,

pero cuanta envidia sentirías al verlos!

tan hermosos

y tan inmensos.

 

Ay de ti! alguno te queda,

o un par acaso, al menos

eso cuenta la leyenda 

eso dicen tus viejos

aunque lleven esas semillas

tus hijos en un gran eco

dispersado en otros lejanos pueblos

donde plantaron ellos la noche

estrellada de tus páramos eternos.

 

 

Ort    016

La cabra y la niña

 

Manuela

 

A mi abuela, por ser tu historia, te quiero.

 

 

Los sueños de los muertos

eran los suspiros de las rosas,

y los lamentos de los ángeles,

el llanto de la niña

que iba llorando en las alforjas

de un burro moreno y cansado,

hijo del yugo y esclavo de las horas

arando con ojillos tristes la tierra

pedregosa  y negra, sin caracoles,

inundada por cantos en rondas

de milenarias ascuas apagadas

que fueron astros y son ahora

marmóreos y deshojados girasoles

que se tropiezan con las amapolas.

 

¡Volaban las águilas perdiceras

tan alto, sobre otras celestes sendas!

que no prestaban atención

a aquel labrador andante,

junto con su terco burro delante

guiado por las riendas

y que extendía las orejas

siempre alerta sobre el llano,

así, el animal y el amo

iban y venían de sus ausencias

como si todo lo arreglara el caminar cansado.

La niña miraba sobre el esparto

un sol deshaciéndose de girones blancos

y en el horizonte, a lo lejos, una Venta,

como una vieja perla de barro levantado.

 

Manuela mía, leche te darán

para que crezcas, de una cabra,

de lanas negras,

Manuela mía, tan pequeña

entre el hambre, y la miseria.

 

Se abrieron las puertas

del casón, el patio,

ungido de cal blanca refulgía

como la nieve sobre las tejas.

El labrador bajó a Manuela

desdichada y pequeña,

tan bella, sentada

entre las florecillas de la hierba

 

Un dedo le habían cortado

por la gangrena,

y un aguacero había caído

derramado entre sus parpados

por las incansables ruecas

giradas por la tristeza,

forzada a trabajar tan pequeña,

a veces en campos de yeros,

otras frotando y lavando

las ropas de los señoruelos

¡como gemían heladas sus manos

en esa queja continua de los dedos!

cobrándose al fin uno de ellos

mientras los otros cuatro se despedían

y toda una vida lo echarían de menos.

 

Allí estaba Manuela.

a los pies de dos pinos viejos

que alcanzando casi el cielo

verdes se incrustaban ya

sobre un azulado desierto.

pastores atareados, segadores,

mozas y criados iban y venían

por la venta con pasos ligeros.

La reconoce uno de los cabreros,

y entre la espesura de las ovejas

blanca, va a buscar unas lanas áridas

hiladas y tostadas por los vientos

de esta Mancha mía donde tu naciste

y se criaron Manuela, tus sueños

 

y la encuentra,

y a un silbido viene

y sus ojos profundos

se cruzan con los de ella

parecen sonreír

y reconocer a la pequeña

 

va cayendo la leche,

y ella, la cabra negra

que desde bien niña la conoce

como si su madre fuera

le toca con suavidad su mano

con la ternura de una abuela,

el llanto de la pequeña cesa

por ese dedo cortado

y al son del sonido de la lechera

una sonrisa en su rostro crece

y su lengua se embelesa.

 

Manuela mía, leche te darán

para que crezcas, de una cabra,

de lanas negras,

Manuela mía, tan perdida

entre el hambre y la miseria,

justo cuando empezaba una guerra

que España despedazaría.

 

y con orgullo llevo yo su nombre

ella sabe que con infinita alegría

¡pues quien diría que sus pupilas

a ver tanto llegarían!

que estallarían como flores en mi sangre!

ay de mi Manuela

de mi Manuela mía

una cabra te alimentó la vida!

la misma que mis versos alimenta

junto a mi amor por ti

como una lumbre de pastores,

caliente, despierta, encendida!

que tu nombre llevaré yo siempre

arando estos mundos con la poesía,

que no hay mejor tributo

a tu corazón que recordar al mundo entero

lo que yo te quiero, Manuela

mi Manuela mía,

y cantarlo a los cuatro vientos!

y con orgullo mientras viva!

 

 

Manuel. 2016

Los silencios encantados

gato

 

 

Que noche más preciosa para escribir versos!

dentro de mi cuarto retumba

el sonido de la lucha entre las nubes y los truenos.

 

Querido paseante por estos renglones secos,

Hoy tímidamente comenzó lloviendo,

a veces un respiro y el sol al cielo se encaramaba.

Un zarpazo de su espada y el arcoíris.

Después de golpe la nebulosa luz encapotada,

 

y ahora dentro de los dominios de la madrugada

cuando mi calle -casi- toda duerme

y en hilos de enredaderas transparentes

felices –¡grandioso sueño!- se mojan las almohadas,

 

un relámpago aúlla

espolvoreando pequeñas gotas de agua,

la lluvia allí en lo alto se empeña en dormir

y estas, valientes y enamoradas, de los gatos

que ¡por los dioses! no quieren acabar calados,

se empeñan en caer haciéndoles gruñir

y se ríen de ellos para fastidiarlos.

 

Así canta la tormenta

y se deleitan los poetas trasnochados.

Entre el son inquieto de la lluvia,

¡que a los cielos por vivir renuncia!

y el olor de sus silencios encantados .

 

 

       Ort- Abril 2016