Carta poetica de Santiago Losa a Manuel Ortega. Febrero 2012

Ansioso de que me leas, ansioso de leerte, precioso es revisar mi correspondencia poetica y encontrar sobre la mesa, un manojo de papeles y palabras que son puertas abiertas a los oceanos de tus pensamientos, agradecido siempre Humilde señor Santiago…

 

 I

 

Salió el sol en el horizonte

Salí al fin del negro abismo

bucle infinito de rabia y dolor

mi cabeza empieza a volar

mis ojos lloran lagrimas

no sangre ni sudor.

angustia recorre mi cuerpo

mi vida aún tiene sentido

todo vuelve a su ser

el agua al rio, la lluvia al mar.

 

Sol báñame con tu dulce calor

en esta mañana de esplendor

de alegría de clamor

vida mía, ya respiras,

llenas de oxigeno mis venas

 

Deja mi mente volar

y junto a mi ninfa rubia

poder soñar, amar! sentir! vivir!

descansar… Cuidar de los míos

y vivir sin frio con amor contigo…

 

 

II

 

Y que razón tienes hermano,

la luna solo se muestra a quien la toca

y a quien sabe sacarle de su  pálido fulgor

las derretidas y esquivas alas del sueño.

caminantes somos, arrieros de la noche,

buscando la luz por todos los caminos

y todas las sendas…

 

Las estrellas alumbran

solo a los que paso a paso, letra a letra

y lagrima a lagrima, su rabia y su cabeza alzan

solo, los que su miedo entierran.

Con un motor, la rabia de la sangre ante el destino

y la fuerza del alma, que va enarbolando

las margaritas  y las amapolas

de este angosto y fiero camino.

 

 

Santiago Losa & Manuel Ortega

 

Aquella noche triste…

.

.

Aquella era una noche triste, no proyectaban horizontes las paredes sino sombras el alma. Morían las horas sobre mis ojos entre la profunda pena de los corazones rotos y la ajada melancolía, Aquella noche desolada y triste, sentía que las paredes sobre mi esperanza se caían y que los techos se resquebrajaban sobre mi angustia.
Con la penumbra sobre mis pupilas estaba cuando pude descifrar por la ventana, que la luna se perdía y que llevándose su luz, un profundo cielo de oro negro se adueñaba mas y mas de la noche, y quise salir de allí; dejé en un segundo la habitación y subí hacia la terraza grande y oscura, donde solos yo, mi cuaderno y mis penas nos quedamos.

Quiso la música que me acompañaba regalarme un segundo, (que es una eternidad de paz sobre sus brazos) y comencé a observar el espectáculo que brindaban las estrellas a mis ojos.
Aún está grabada en mi cabeza aquella leve música y como cruzaba de puerto a puerto mi alma, alborotando mi corazón como el niño que sueña perdido, en el fondo de los mares de la imaginación.
Y puedo aun recordar aquella bella y maravillosa imagen ante mis ojos; esa estampa de millones y millones de pequeñas y brillantes estrellas, asomándose a la ventana de una infinita ensoñación…¡Que pequeños somos!–pensé-. Nuestra vida, nuestras penas son tan diminutas como un grano de arena, que van arrastrando las olas de una playa a otra, sumergidas en el fondo de un inmenso océano que late, y se desangra despacio como un reloj de arena… Que pequeños…

Aquella noche en Alicante, mientras escribía, y abría los ojos al balcón de la noche silenciosa e infinita, fui restando horas a ese reloj, y de la mano de la imaginación, engullido por la tormenta de los sueños que alimenta la soledad, agarrado a los cabellos desnudos de la noche, hice respirar fuerte al alma, dispuse el rumbo, cerré mis ojos y comencé a notar, como las velas de la imaginación se ensanchaban, y sobre el cielo echaban mis penas a volar…

 

Ort.

 

Deja todo

cierra los ojos

y acompáñame.

 

Elche con sus palmeras

y sus torbellinos de humo,

me abre y cierra

la semana.

 

Alicante fortaleza,

de la vega baja de los mares

con humedad me entierra

el miércoles

 

España larga,

cien veces rota en su costado

va perdiendo aliento

y horas en sus latidos

 

Europa mediterránea,

milenaria grandeza oxidada

que en minutos deshace

una legión de siete mares

 

El planeta azul,

una gota, envuelta en bruma

bailando en un segundo

en el espacio, como una pluma

 

Y más allá…

del espejo blanco de la luna

dime si ves la eternidad,

acompáñame, ya la ves?

 

Cierra los ojos,

aparta la soledad,

y ven.

 

 

Ort.

 

Romance de la libertad

 

Dedicado a esa otra España que duerme junto a sus huesos debajo aun de las cunetas y las carreteras…

 

Se acercan cuatro caballos

por La Mancha manchega

en la noche sin sueños

escondidos tras las higueras.

 

Vienen con el pecho sangrando

tres maquis cabalgando,

tras el costado una guerra,

en su corazón quebrantos.

 

Un cuarto que les sigue

lleva su alma llorando,

piedras de pan en la guerrera,

por los caminos arrastrando.

 

Van enfilando la llanura

compañeros de los lobos

buscando una casa oscura

y tres lechos rotos.

 

Los caballos van pisando

lindes y riberas perseguidos

y los cuatro van contando

en el cielo molinillos amarillos.

 

Mientras diez soldados

en el pueblo andan preguntando

bajo la luna labradora

a los jornaleros engañando.

 

Los pobres desangrados

a culatazos van cantando

y de las yagas los lirios

en la noche van brotando.

 

Nada pueden bombas,

entre suspiros susurrando

cuando sobra corazón,

Los Maquis van cantando.

 

¡Ay Carmela! Gritando,

sus corazones van llorando

en un catorce mal nacido

de un abril desesperado.

 

Y al final un pueblo lejano

entre amapolas negras

la noche que todo cubre

se traga la llanura y la tierra.

 

Enfrentan la calle mayor

de una villa en vigilia inerte,

erguidos en la sombra fría

de frente ante la muerte.

 

Farolas de luto azul,

desportilladas fachadas

rojo polvo y paredones

salpican las Paredes de las casas

 

Y los cascos van sonando

lacónicos y penitentes

mientras otras sombras rodando.

Las vigilan como ausentes.

 

Un alto en el camino

estremece el reloj, la hora.

Y los cuatro se paran,

y la luna los llora.

 

Los diez inquisidores

a los Maquis encierran.

Presentan heridas,

y miedos destierran.

 

Ocho cañones suenan

al amanecer en la plaza,

y mil rallos traspasan

el cuerpo y la esperanza.

 

Rojo libertad derrama

la mano ensangrentada

el hilo de la noche mata

en ocho ojos ya de plata.

 

¡Y Carmela al cielo se eleva

junto a los cuatro de la arena

ya la noche los ve cruzar

El Ebro en un barquito de vela!

 

¡Y Carmela junto a los cuatro

de la plaza al sol se elevan

ya el tiempo los verá crecer

en la tierra como azucenas!

 

 

Ort.

Mira


.
 

 

 

 

Mira, morena de cabellos abiertos.

la noche, mírala rayar el silencio

con sus diamantes

con sus eternos caballeros.

 

Deja atrás todos los otoños

todos los mayos, y las alfombras

de fotografías rotas en pedazos

y mírala. En su silencio, en su compás.

 

La noche con su capa de colores negros

ensanchándose, de aquí a la eternidad.

 

Por miles de sueños cierra los ojos

abre la ventana y deja la melancolía volar

 

que toda ella es nuestra mírala!

en cada estrella que se encienda

 

o en cualquier caracola, de tu mar.

 

los segundos

no son una corona de espinas

 

son la libertad.

 

Los vientos de la vida

solamente polvo serán

 

ni una lagrima más.

 

No se las merece tu mejilla.

levántate! y brilla!!

 

y mira a tu alrededor, mira!

 

La tristeza nunca existió

aunque a veces, sumergida,

 

salte de los ojos para volver

al puerto y de nuevo

 

al punto de partida…

 

Morena de mis cabellos abiertos

coge las nubes del mundo

 

que las hicieron para ti,

y respira.

 

 

Ort

 

Las Hojas


 .
Al otoño que pasó, y a la primavera que vendrá…
 
 .

 

 

 

Torbellinos de hojas secas

repiqueteando en las aceras.

cielos de color café manchados

sonríen macabros a los fantasmas

marchitados de la primavera.

En mi caminar se cruzan las hojas,

como cascarones de sueños abiertos

que se alejaron y echaron a volar,

alas de carmín dorado que por saltar

desunas al barranco de los silencios,

jamás ya se despertarán.

Y es solamente cuando el viento las toca

con sus vibrantes dedos, cuando desboca

la música del violín de la tristeza

cuerda a cuerda, nota quebrada a nota,

naciendo de sus entrañas crepusculares

la más deliciosa música, melancólica y rota,

que pudo salir un día de la garganta de las flores,

de los bailes de los arboles ante una noche de verano,

del suspiro de una luna menguante sobre el cielo,

del amor de la tierra sobre los vientos!

ahora mensajeros implacables del pasado,

y mercenarios del tiempo.

 

Que llevan y traen, que vuelan y posan

las barcas doradas, las preciosas y frágiles hojas,

tiritando de nostalgia, extendiendo alfombras

sobre el asfalto frio y manchado de la calle.

Las lágrimas de los arboles tocan y tocan

su música sin descanso, y quien las oye,

si sabe escuchar sabrá ser casi una más de ellas,

y como quien oye cantar a las sirenas,

se fundirá en ese canto de clemencia a la eternidad.

Pues todos somos hojas, todos somos motas

de polvo engullidos por los torbellinos

crepusculares del cielo y del bramante mar.

Sueños y sueños que no saben hacia donde van,

que mirar se les ha olvidado, y que no saben

si dormidos o despiertos irán con la muerte a dar…

 

Tan efímeros somos, como esas hojas

que llorando nos susurran que aquel verde,

aquel infinito verde era un sueño efímero,

solamente. Tan frágil como la luz de los luceros

atrapada entre las furiosas garras

de una noche oscura de tormenta.

Y como la luz purpura de la tarde sobre el cielo,

como la juventud, los días y ensortijados sus anhelos,

como las nubes y las estrellas que se mueren y se van,

las oirá susurrar, a ellas; cantar. Y sabrá,

que lo que ellas le roban al mundo,

es la nostálgica mirada del caminante

que pasa atareado en sus adentros

con la mirada perdida, advirtiendo las hojas,

y descifrando su música triste como un eco,

como un solemne rumor de las lejanas olas.

 

 

Ort.